Los tomates

Gastronomía de paisaje
Cocina de paisaje
Asturias

Es innegable el origen americano del tomate. Lo demuestra el hecho de que ni en las lenguas antiguas de Asia ni en las modernas de China o de la India existe palabra alguna para designar este fruto. Historiadores y botánicos del siglo XVI, como César Bahuino, lo llaman tumatte americanorum o mala peruviana (manzana del Perú), dando a entender con ello el origen de este fruto. Fray Bernardino de Sahagún cita la palabra tomate como derivada de tomatl, término utilizado en el lenguaje nahuatl; Alonso de Escalona, en 1571, lo describe en este tenor: «cierta fruta que sirve de agraz en los guisados o salsas».

Fueron los españoles, en los primeros años de la conquista, quienes trajeron el tomate a Europa, y si bien aquí su uso se extendió rápidamente como alimento, en el resto del continente se limitó su cultivo al de planta de adorno, como lo demuestra su inclusión en el Catálogo de Especies Ornamentales, de Andrieux Vilmorin (1760).

Por estas fechas (siglo XVIII) se creía en Francia y en Alemania que el tomate era fruto tóxico, causa de vómitos, diarreas y muchas más calamidades; y en Italia era conceptuado como afrodisíaco, por lo que su consumo se admitía como signo de apetencia sexual, opinión que también era compartida por la alta sociedad francesa.

España no se anduvo con remilgos de amores ni miedos de envenenamientos, como lo prueba el testimonio de José Quer, expuesto en el tomo V de su Flora Española:

«El pueblo, además de usarlos en todos sus guisados, los comen en ensalada, y crudos, con un poco de sal; son el general desayuno de los trabajadores en La Mancha, Valencia y Andalucía; y una fritada de tomates y pimientos forman la comida, e igual plato de la cena, de los pobres, que engordan y se fortalecen en la temporada de los tomates; con que queda fuera de toda duda que en nuestra España no sólo no son dañosos, sino alimento usado de pobres y ricos, sin que el regalo de unos ni la necesidad de otros experimenten el más mínimo detrimento en su salud».

No se dispone de datos fidedignos sobre la llegada de los tomates a Asturias. Aventurando hipótesis, todo hace suponer que afincaron en la región bien entrado el siglo XVI o a comienzos del XVII, pues a finales de este siglo consta documentalmente su cultivo en el Principado.